El amor todo lo hace y el desamor todo lo deshace. Cuando Jimena Barón estaba en pareja con Daniel Osvaldo se había transformado en alguien tan desagradable como él: aunque el futbolista pateara autos y periodistas, ella no los pateaba pero despreciaba tanto como el fóbico jugador.

Ella después asumió haber sido una "tonta" que hacía todo lo que su pareja quería, pero en aquel momento estaba absolutamente cooptada por los malos modos del padre de su hijo.

Ahora, años después, la actriz defiende las causas del feminismo y la igualdad de género, pero su ex sigue siendo el mismo troglodita de siempre; sin embargo, a la hora de cruzarse mediáticamente, actúan en espejo de algún modo. Jimena Barón es la Silvia Süler cool de la Argentina.

Todo lo expone, todo lo muestra, todo el tiempo provoca, pero cae bien. El padre de su hijo sigue siendo un reacio a cualquier contacto mediático.

Pero, ¿por qué no son tal para cual? Porque ella supo modificarse y madurar, entender que no estaba bueno acompañar la causa del varón de la pareja en cualquier circunstancia y en un punto supo correrse a tiempo de una relación tóxica que nunca la dejaba bien parada.

Porque él, al alejarse del fútbol, empeoró su comportamiento y, aunque evidentemente no le gusta ser famoso, no pensó en eso cuando quiso estar en pareja con una actriz.

Porque Jimena se despegó popularmente de ser "la mujer de Daniel Osvaldo" por su propia carrera y en eso salió ganando. Pudo dedicarse a crecer profesionalmente una vez que se sacó de encima a semejante "mono con navaja", llegar inclusive a conducir un programa -rol que aunque le quedaba grande pudo llevar con hidalguía- mientras que Osvaldo ya no juega el fútbol, tiene una banda, es rockero y no logra generar empatía con la gente de ninguna forma.

Porque aunque se mimetizan a la hora de provocarse a través de las redes sociales -medio del que son emergentes y símbolos- ella trasciende esas peleas mientras que él solo es noticia por ese motivo. Jimena encuentra lo que busca cuando publica un mensaje del jardín de su hijo en el que ningunea a su ex, pero de algún modo consigue sacar lo peor de él, que se enchastra en el lodo del machismo y sale perdiendo por goleada.

Básicamente, Jimena Barón y Daniel Osvaldo, aunque provienen de la misma cepa, no son tal para cual porque él es peor que ella. Ella no deja de ser una mujer que cría sola a su hijo, acompaña y milita en causas que necesitan su compromiso, y, aunque se va de mambo en provocar permanentemente, no deja de estar frente a un hombre que deja mucho que desear en su comportamiento machista y arcaico.

Si de verdad el ex futbolista no quiere dirimir en las redes o en los programas de chimentos sus conflictos con la madre de su hijo, puede actuar en consecuencia y no hacerlo. Pero lo hace y ahí cae mucho más bajo exponiendo a una mujer que evidentemente no la pasó bien a su lado cuando estuvieron en pareja. Pero pareciera que la tentación de no hacer lo que dicen es para las celebrities aquello mismo que termina siendo su peor condena.

Al final Daniel Osvaldo no es más que otro ex novio cholulo de una famosa, con quien además tuvo un hijo que resulta, como siempre, el peor damnificado, rehén de los comentarios de Internet y la vida de sus padres, que pasan más tiempo mandándose mensajes en Instagram que cultivando el perfil bajo que un niño necesita.

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